Opinión | El Manifiesto de mi conciencia, por Rosmit Mantilla

Foto: Rosmit Mantilla “El Manifiesto de mi conciencia”

Escribo esto desde la autoridad que solo te da haber habitado el infierno. No teorizo desde la comodidad de la distancia, sino desde los dos años y medio que me pudrí en una cárcel de la dictadura y desde la herida de los nueve años que pasaron antes de que pudiera volver a abrazar a mis padres. Nueve años en los que vi cómo se les iba la vida a través de una pantalla pixelada, un tiempo que nadie nos va a devolver.

Últimamente, me aturde el coro de voces «intocadas» —aquellas que jamás han sentido el frío de un calabozo ni el terror de la tortura— exigiéndonos «sanar», «soltar» y «pasar la página». A todos ellos les digo hoy, con la crudeza de quien sobrevivió: su exigencia de perdón es una frivolidad vacía.

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Banalizar las palabras «sanar» y «perdonar» cuando la maquinaria de represión no se ha detenido, cuando hay casi 900 presos políticos secuestrados y torturados en este instante 1, no es un gesto humano; es un insulto a las víctimas. Entendí muy temprano, entre la oscuridad del encierro, que Venezuela no enfrenta un conflicto político convencional, sino el secuestro de una nación por una banda criminal. Por eso, confieso sin culpa y con la frente en alto: siento una absoluta y legítima indolencia por mis torturadores y sus cómplices.

No me pidan olvido. La memoria histórica es lo único que puede garantizar una democracia duradera. Pregúntense: ¿Qué sería de los judíos si en cada rincón de Europa no existiera un monumento para no olvidar el Holocausto? ¿Qué sería de la civilización sin los Juicios de Núremberg? ¿Qué sería de la dignidad humana sin el Diario de Ana Frank o las memorias de Primo Levi?

De hecho, me siento profundamente identificado con Levi; sus palabras describen con precisión la batalla interna que libro frente a quienes hoy buscan una reconciliación estética y prematura:

«Debo confesar que ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias, ciertas complicidades, la tentación de odiar nace en mí, y hasta con alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la discusión como supremos instrumentos de progreso, y por ello antepongo la justicia al odio.»

Yo también antepongo la justicia. Por eso, el único sosiego real que encuentro hoy no está en los llamados vacíos a la calma, sino en el compromiso inquebrantable plasmado en el reciente manifiesto de María Corina Machado, cuando sentencia:

«El clamor de los asesinados, torturados y desaparecidos ha resonado sin respuesta durante demasiado tiempo. […] El régimen criminal debe rendir cuentas. Venezuela solo se levantará plenamente cuando quienes cometieron crímenes de lesa humanidad sean juzgados por la ley y por la historia.»

La transición no puede ser un simple cambio de administración; debe ser un proceso profundo que nos aferre a nuestra memoria y nos saque de la crisis moral que acabó con nuestro país. Solo sanaremos cuando la justicia haga su trabajo.

Quizás, ante este escenario, debamos recordar siempre la advertencia del antiguo Midrash:

«Todo aquel que se vuelve misericordioso con los crueles, al final terminará siendo cruel con los misericordiosos».

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